Drama de un parado español

Juan echa una mirada a su alrededor. Se encuentra en un rincón de la habitación, ahora
desierta, excepto por una pequeña caja de cartón que utiliza a modo de mesa sobre
la que reposa un teléfono móvil. Sentado con las rodillas contra su pecho, apoya sus
brazos sobre éstas, fijando la mirada en el único aparato electrónico que se encuentra
en la estancia. Los primeros rayos del día se cuelan entre los pliegues de la persiana,
proyectando decenas de puntitos luminosos sobre la oscura tarima de ese maravilloso
piso de protección oficial en el que vive desde hace tres años.
Recuerda la primera vez que entró en su futuro hogar junto con su mujer y su hija recién
nacida. La sensación de comenzar a cimentar un futuro lleno de felicidad junto a su
nueva familia. Mira a su mujer y ésta le dedica la más dulce de las sonrisas, mientras
sostiene en brazos a la pequeña de apenas tres meses de vida.
Todo es perfecto. Todo es un sueño. Todo puede cambiar.
Había pasado ya un año desde que se instalaran en su nuevo hogar. Nada ostentoso.
Dos habitaciones, un baño, una cocina y un pequeño balcón desde el que se divisaban
amplios terrenos habitados por enormes esqueletos de cemento y que, en un futuro
próximo, se convertirían en pisos para otras familias como la suya.
Juan salió como cada mañana a las ocho de su morada rumbo al trabajo. Gracias a la
intervención de su suegro había conseguido el puesto y él lo tenía asumido aunque
a veces oyera a sus compañeros comentar ciertas cosas que, a estas alturas, ya le
importaban un comino.
Ser comercial de seguros no era el trabajo de sus sueños pero cada mes la nómina era
ingresada puntualmente en su cuenta bancaria y gracias a ésta, aunque no superara los
mil euros, podía afrontar los gastos de hipoteca, guardería, luz, gas…
Esa mañana llegó a la oficina y el director le hizo pasar a su despacho. Después de
ofrecerle amablemente que tomara asiento llegó la fatal noticia. La empresa debía
prescindir de él debido a un recorte masivo de personal. Juan no creía lo que estaba
oyendo. Firmó algunos papeles y recibió un cheque compensatorio por su dedicación a
la empresa. Una cifra ridícula.
Volvió a casa para darle la noticia a su amada. No pasaba nada. Encontraría algo pronto
y todo volvería a la normalidad.
Las discusiones en casa cada vez eran más frecuentes y, seis meses más tarde, su
amada abandonó el domicilio llevándose con ella a su hija. Se mudó de ciudad y Juan
no volvió a saber de ellas. Cuando dejó de cobrar la prestación por desempleo, Juan
comenzó a vender el mobiliario de la casa para sacar algo de dinero y poder subsistir.
Un poco de aquí, otro poco de allá… pero nunca era suficiente.
Habían pasado tres meses desde que un agente judicial le entregara una orden de
desahucio. Juan utilizó el trozo de papel esa misma noche para limpiarse el culo después
de cenar, una cena que consistía en un trozo de pan duro y una lata de atún robada del
supermercado de la esquina. Todo se desmorona a su alrededor y Juan, sin fuerzas ya
para levantarse, espera el fatal desenlace. La policía derribará la puerta, le sacarán de
allí y le darán una palmadita en la espalda a modo de ánimo.
El teléfono sigue mudo, sin emitir ningún tipo de sonido que perturbe el silencio
angosto que invade la habitación. Juan se levanta con dificultad y se dirige hacia la
ventana. Hace un esfuerzo para poder levantar la persiana y abrir la ventana. Recuerda
aquella canción que sugería que una ventana era una buena vía para escapar. Se sienta
en el borde, sobre la estructura fría y mira hacia abajo. Quince o tal vez veinte metros le
separan del suelo.
Cierra los ojos. Recuerda por última vez la sonrisa de su pequeña y una lágrima recorre
su mejilla. Se balancea ligeramente hacia delante y nota como su culo comienza a
deslizarse despacio. La fuerza de la gravedad no tarda en hacer su trabajo y todo termina

con un golpe seco, silencio, paz. Libertad

 

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