Los presidentes y las corridas de toros

 

En las plazas de toros el presidente se convierte en ese director de orquesta al que están subordinados los músicos, en ese jefe de sección al que deben obedecer los periodistas o en el alcalde que rige una localidad. ¿Es propicio que el presidente alcance ese rol? Está claro que, como en todo, deben existir unas normas y un líder con el fin de conseguir una sociedad lícita pero ¿debe estar el respetable sumiso al presidente? ¿escucha el que concede los triunfos lo que el público reclama?

Son muchas las corridas en las que los presidentes hacen caso omiso de lo que el público pide. Es cierto que a veces el respetable es más pasional que logístico y eso conlleva a que con el movimiento de sus blancos pañuelos quieran otorgar a los artistas triunfos inmerecidos pero ¿cuántas veces un presidente ha sido injusto con los maestros? Tantas que no sé si existirían en el mundo gafas para que todos los toreros pudieran quejarse  como lo hiciera hace poco el de La Puebla.

Está claro que la decisión de los presidentes (a veces acertadas y otras no tanto) en las corridas de toros es tan difícil como fundamental. Y esa dificultad la demuestra la cantidad de pañuelos que un presidente puede mostrar cuando dirige una faena:

Pañuelo blanco: Comienzo, cambio de tercio, avisos, salidas de los toros y concesión de triunfos.

Pañuelo verde: Devolver el toro a los corrales.

Pañuelo azul: Concesión de la vuelta al ruedo del toro.

Pañuelo naranja: Concesión del indulto a la res.

 

 

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